Es tiempo del planeta

“Hay que estar siempre borracho para no sentir la carga del tiempo” -decía Baudelaire- , ¿es eso correcto?, ¿cerrar los ojos y pretender olvidar lo que nos sucede, a nosotros o a nuestro entorno, con tal de tener un mejor pasar?

Hemos hecho del tiempo un verdugo a través de la frenética rutina con la cual las personas asumen su día a día. Un sinfín de pequeños hitos diarios que nos impulsan de un estado a otro, en un cronograma preciso o caótico de obligaciones impuestas, creadas o sumisamente asumidas.

¿Pero es este verdugo el tiempo real al cual nos deberíamos ajustar?

Nos movemos a una velocidad inimaginable para los seres humanos del pasado, teniendo todo al alcance de nuestras manos: información, suministros, deseos y placeres están a un click de distancia (aunque algunas veces abismalmente lejos de nosotros). Toda nuestra especie ha cambiado en la forma en que percibe su entorno y su interacción con él. En las últimas décadas no ha importado de donde, como o que costo tienen las cosas, lo único importante es que estén allí.  

La herencia que vamos dejando como personas y como civilización, a diferencia de nuestra apresurada producción, le tomará varios milenios desaparecer y volver a reincorporarse a la cadena alimenticia del planeta. Mientras más apuramos nuestros procesos productivos, más desequilibrio generamos.

Se nos conocerá en el futuro como la Civilización de Plástico y serán nuestros descendientes quienes deberán lidiar con la vorágine productiva que nos caracteriza.

La proliferación de enfermedades mentales en las grandes urbes, está a la orden del día. Stress, angustia, ataques de pánico, depresión, agresividad, son sólo algunas de las enfermedades modernas que hemos asumido como “algo natural”. Para estas enfermedades, obviamente, decidimos atacar los síntomas con soluciones rápidas, en vez de velar por corregir la causa real que nos está menoscabando como seres humanos.  

Bajo el látigo del tiempo presente poco importa detenerse a presenciar la belleza del cielo cruzado de tornasoles anaranjados y violetas, simplemente disfrutar de respirar y sentir la vida correr por nuestras venas, del abrazo puro de un hijo o conmoverse con el esfuerzo de un desconocido que lucha por sus sueños. 

En nuestro legado más querido, nuestros hijos, debemos sembrar semillas de atenta conciencia, no desde el temor, sino de la esperanza y la fe en un mundo mejor. Sólo cien años bastan para hacer un cambio generacional, sólo cien años para cambiar.

Unámonos persona a persona, consciencia a consciencia, asumiendo personal y colectivamente nuestra responsabilidad, volviendo a ser uno con el tiempo del planeta, un tiempo humilde y sencillo, que comprende que cada cosa tiene una interacción con su entorno y no existe en una separada dimensión de crecimiento, sino un todo. Cuando “re”aprendamos a vivir dentro de este tiempo natural, nuestra sociedad se equilibrará y nuestra huella será benéfica con el entorno natural.

Baudelaire decía que “Hay que estar siempre borracho para no sentir la carga del tiempo”. Es mejor tener el valor de ser consciente del tiempo y de lo que uno va dejando tras el paso de los años, para así tener la fuerza y el coraje de soñar y materializar un mundo mejor. 

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